La gota cayó con un eco profundo, marcando el inicio de un nuevo alba. Su impacto en el suelo pareció resonar en todo el lugar, como si la misma realidad se estremeciera. Frente a mí, él se movía con una velocidad imposible, tan fugaz como un rayo surcando un cielo tormentoso.
—Tu fuerza es abrumadora... pero no más que las imágenes que atormentan mis recuerdos —dije, con voz firme pero cargada de impotencia.
Mis palabras quedaron suspendidas en el aire, y él, inmóvil, me observó con una sonrisa que se alargó lentamente, como si disfrutara del peso de la desesperanza que intentaba sembrar en mí. La oscuridad del lugar, con sus pilares imponentes y un trono que parecía devorar la luz, se tornó aún más invasiva bajo su presencia.
—Akira... —su voz resonó con una calma cruel—, lamento informarte que aún no estás a mi nivel.
Alzó su mano como un verdugo sosteniendo su espada. Su movimiento fue pausado, casi ceremonioso, pero en un instante, el aire se desgarró cuando lanzó su ataque.
Sentí el tiempo ralentizarse. Mis latidos retumbaban en mi pecho como tambores de guerra. La amenaza era ineludible.
—... ese golpe... no podré esquivarlo... —susurré, sintiendo cómo la sombra de la muerte se cernía sobre mí.
Cuándo de la nada desperté.
7:25 a.m
El sol apenas asomaba por el horizonte cuando un jadeo escapó de mis labios, abrí mis ojos y mi corazón aún seguía martillando de golpe, pero no estaba la oscuridad, ni trono imponente, solo el techo de mi habitación. Así recordando que tenía que ir a la academia.
—Y aquí vamos otra vez... Levántame para ir a la estúpida academia.
Volví a mirar el techo de mi habitación, sentí la pereza envolverme. Suspiré pesadamente y me revolví el cabello antes de arrastrarme fuera de la cama.
Desde la cocina, la voz de mi madre resonó por toda la casa.
—¡Akira, Yui! ¡A desayunar, ya está listo!
Bajé las escaleras de mala gana y me senté a la mesa junto a Yui, mi hermana menor de 12 años, y mi padre, un hombre de manos toscas por el trabajo duro. Como siempre, el desayuno consistía en huevos fritos, tocino y tostadas.
—Akira, quiero enseñarte a hacer pan —dijo mi padre mientras bebía café—. Pagan bien, pero tienes que ser rápido. Jajaja.
—No lo sé, preferiría emprender mi propio negocio. No quiero pasarme la vida trabajando para alguien más. Pero igual, gracias por la oferta, papá.
Mi padre me miró con una expresión pensativa.
—¿Seguro? En ese caso, espero que algún día saques adelante a la familia. Pero si cambias de opinión, dime.
—¡Pero si Akira es un bobo! Jajaja —soltó Yui en tono burlón.
—¡Yui, no molestes a tu hermano! —rió mi madre. Luego me miró con seriedad—. Akira, ya deberías irte. Se te está haciendo tarde.
—¡, es verdad! ¡Nos vemos!
Agarré mi mochila y mi colación antes de salir corriendo.
El frío de la mañana me hacía temblar mientras corría entre las calles. Pero entonces, un escalofrío recorrió mi espalda. Una extraña sensación de incomodidad, como si alguien me estuviera observando.
Antes de que pudiera reaccionar, giré en una esquina y choqué contra alguien.
—¡Pum!
Un hombre de mirada severa y expresión extraña me observo con una mezcla de enojo y... ¿curiosidad?
—Ten más cuidado, niño —gruñó.
Me estremecí. Su tono era firme, pero no fue eso lo que me puso nervioso... era su mirada.
—L-lo siento, es que voy tarde...
Intenté seguir mi camino, pero en un rapido movimiento, me sujetó de la muñeca.
—¿Qué sucede...? Ya me disculpé... —murmuré, sintiendo mi voz temblorosa.
El tipo entrecerró los ojos, como si analizara algo en mí. Pero en ese instante, un señor que pasaba cerca nos miró y el desconocido me solto.
No dije más y corrí hacia la academia, sintiéndome inquieto y confundido.
Ya en la academia, pensé en el castigo de siempre por llegar tarde.
Respiré hondo antes de abrir la puerta del aula.
Pues sabía lo que venía.
—Vaya, Hoshino, qué temprano llegas —la voz del profesor resonó en el salón con un tono sarcástico—. ¿Decidiste honrarnos con tu presencia?
Algunos compañeros rieron por lo bajo. Yo solo apreté los labios.
—Disculpe, profesor. No volverá a pasar.
—Eso mismo dijiste ayer… y antes de ayer… y la semana pasada —soltó un suspiro exagerado y señaló un asiento—. Anda, siéntate antes de que me arrepienta de dejarte entrar.
Bajé la cabeza y caminé hasta mi lugar, tratando de ignorar las miradas de burla.
Pero antes de sentarme, una voz familiar me susurró al oído:
—Siempre haces una gran entrada, Hoshino.
Me giré y encontré los ojos de Asuka mirándome con diversión.
Ahí estaba ella. Cabello oscuro y liso, ojos llenos de picardía y una sonrisa que siempre lograba desarmarme.
—Oye, Asuka… ¿tienes un borrador?
Ella me miró con sospecha.
—¿Para qué lo quieres? Seguro lo pierdes, como siempre.
—¡No soy tan descuidado!
—Pfff, claro que lo eres —se rió y me lanzó el borrador con un leve empujón en el hombro—. Pero bueno, si lo pierdes, ya sabes qué pasará…
—¿Qué pasará?
Asuka se inclinó sobre su escritorio, me miró con una sonrisa traviesa y susurró:
—Tendrás que comprarme dulces.
Mi corazón dio un brinco.
—¡No es justo!
—La vida no es justa, Hoshino.
Rodé los ojos, pero no pude evitar sonreír.
Después de un cierto tiempo, sentí que la clase estaba tan silenciosa y aburrida que suspiré y miré por la ventana. Y fue entonces cuando lo vi.
Era el hombre de esta mañana...
Caminaba por la calle frente a la escuela, pero no era eso lo que me inquietaba.
Era el hecho de que mientras avanzaba, su mirada estaba fija en la ventana de mi salón.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
—¡Hoshino! —la voz del maestro me sacó de mi trance—. Presta atención. Esto saldrá en el examen de mañana.
No dije nada y traté de concentrarme en la clase. Pero el presentimiento de que algo andaba mal no me abandonó.
al paso del tiempo el profesor cerro su libro y con cara de satisfacción nos miro.
-bueno chicos, espero hayan aprendido algo hoy, ya pueden salir es hora del receso- dijo con una leve sonrisa
saliendo del salon, arthur, uno de mis amigos se me acerco con el ceño fruncido.
-hoshino, ¿sabes? hoy me sucedió algo raro.
-¿que cosa?
arthur se cruzo de brazos, como si aun estuviera procesando algo ocurrido.
-Esta mañana, cuando venia camino a la academia, un tipo me choco. era alto, vestía un abrigo negro y... me miro de una manera extraña.
un escalofrió recorrido de golpe por mi espalda. Mis ojos se abrieron como una pepa.
-¿que acabas de decir?
Arthur arqueo una ceja.
-¿por? ¿acaso te paso algo parecido?
trague saliva.
-quizá nos estamos volviendo locos. jajajaja.
intente bromear, pero en el fondo sabia que algo no andaba bien.
antes de que pudiera añadir algo más, nuestro otro amigo, al que llamamos 4 ojos, llego corriendo, notablemente alterado.
-¡chicos no me lo van a creer!
arthur suspiro.
-dejame adivinar... ¿tu dama te dejo?
yo solte una carcajada.
-jajajaja.
Cuatro Ojos nos fulminó con la mirada.
—No sean así. Además, recuerden que soy el único de nosotros que tiene pareja.
Arthur puso cara de asco.
—Sí, sí, lo que digas. Mejor hablemos de algo más importante. ¿Pudiste conseguir el libro que mencionamos ayer? Ese manuscrito sobre magia antigua… el que dicen que fue censurado en varias bibliotecas.
Sonreí con cierta complicidad.
—¿Te refieres al Grimorio de los Sellos Perdidos? Conseguí una copia, pero hay páginas arrancadas… es como si alguien no quisiera que leyéramos ciertas partes.
Arthur frunció el ceño.
—Eso es inquietante. Se dice que ese libro describe rituales que fueron prohibidos hace siglos… ¿crees que los hechizos que contiene sean reales?
Cuatro Ojos se ajustó las gafas, intrigado.
—Eso es justo lo que iba a contarles. Hoy en la biblioteca de la academia… alguien había estado hojeando un libro sobre símbolos arcanos, pero cuando fui a verlo, las páginas estaban en blanco. Como si las palabras hubieran desaparecido.
Nos quedamos en silencio por un momento. Un aire pesado flotaba entre nosotros, como si una verdad invisible nos rodeara.
Arthur carraspeó.
—Bueno, quizá solo estamos viendo cosas donde no las hay.
—Sí… quizá —respondí, aunque mi voz no sonó muy convencida.
Todos estallamos en risas tras un comentario sarcástico de Cuatro Ojos, pero en el fondo, no podía sacudirme la sensación de que algo nos estaba observando.
El destino no me permitiría ignorarlo por mucho tiempo.
Había pasado un buen rato cuando Arthur se levantó y fue camino al baño. Me quedé con Cuatro Ojos, y decidimos caminar por los amplios pasillos de la academia. A cada paso, mis ojos se desviaban hacia el exterior, observando el patio. Era un lugar hermoso: el césped lucía hermoso, y las flores florecían en un espectáculo de colores vivos.
Fue entonces cuando la vi.
Una chica estaba en el patio, practicando esgrima con una espada de madera. Su cabello rojo y corto se agitaba con cada movimiento, y sus ojos, del mismo tono carmesí, brillaban con intensidad. Parecía una manzana reluciente… pero había algo en ella que no encajaba, algo que me hizo fruncir el ceño.
—¿Qué haces, Hoshino? —preguntó Cuatro Ojos con una sonrisa burlona—. Oh... ya veo, te interesa Shizuka. ¡Jajajaja! —soltó una carcajada estruendosa mientras se golpeaba los muslos con ambas manos.
Me aparté un poco, fingiendo indiferencia.
—¿Pero qué dices? No me gustan las planas —respondí con sarcasmo, mirándolo de reojo.
Su expresión cambió de inmediato.
—Wow, hoshino… yo que tú no habría dicho eso… —susurró, con una mirada nerviosa, mirando detrás de mí.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Lentamente, giré la cabeza y, para mi mala suerte, ahí estaba ella. Shizuka me observaba con furia contenida y una sonrisa tensa que no auguraba nada bueno. Sin decir una sola palabra, bajó la espada de entrenamiento y se alejó.
Suspiré y me giré hacia Cuatro Ojos con el ceño fruncido.
—Oye, ¿quién es ella?
—Shizuka —respondió con seriedad—. Hasta ahora, la más fuerte de toda la academia. Creí haberte dicho su nombre antes… Ah, cierto, se me olvidó mencionar algo importante. No solo es la más fuerte... ¿te acuerdas de aquel grimorio?
—Sí, claro que me acuerdo —asentí.
Cuatro Ojos ajustó sus lentes con un gesto intrigante antes de soltar la bomba.
—Pues bien, se dice que Shizuka es la portadora del grimorio "Los Mil Mandamientos". Nada menos que el de Lucifer, el caballero que salvó esta nación.
Me quedé en silencio, procesando la información. ¿Shizuka? ¿Una estudiante de nuestra academia poseía algo tan poderoso? Antes de que pudiera preguntar más, Arthur regresó del baño y nos interrumpió con sus chistes ridículos.
terminando la academia caminaba hacia casa, con la mente sumida en mis pensamientos, mientras miraba el paisaje de este pequeño pueblo, cuando de repente sentí unos brazos rodeando mi espalda.
Mi corazón se detuvo por un segundo.
—Oi, oi, oi, Ho-shi-noooo~.
Esa voz…
Asuka.
Me giré de inmediato, y ahí estaba ella, sonriendo con diversión, sus ojos brillaban con ese toque travieso que la caracterizaba.
—¡¿Q-qué haces?! —logré balbucear, aún recuperándome del susto.
—Nada~ —respondió, alargando la palabra con un tono juguetón—. Solo quería saber si mañana quieres ir a comer una crepa.
Parpadeé, un poco desconcertado.
—¿Una crepa…?
Asuka rió con suavidad y asintió.
—Sip. De chocolate, como los que te gustan.
Sentí un ligero calor subir a mis mejillas.
—E-está bien… ¿A qué hora sería?
Ella se acercó aún más, con una sonrisa traviesa en los labios, y sin previo aviso, tomó mi dedo meñique con el suyo. Su voz bajó hasta convertirse en un susurro.
—Después de clases.
—C-c-claro…
Asuka me miró por unos segundos, con esa expresión de satisfacción que solo ella podía tener, luego dio media vuelta y salió corriendo, como si nada hubiera pasado.
Yo, en cambio, me quedé ahí, congelado. Mi mente intentaba encontrar una explicación lógica, pero lo único que sentía era el calor en mis mejillas y un torbellino de pensamientos desordenados. ¿Desde cuándo Asuka me invitaba a salir así?
Mi vida no podía ir mejor.
O al menos… eso pensé en ese momento.