La espada de Ais explotó en una ráfaga de viento cortante que cegó la vista de Revis, obligándola a levantar los brazos en defensa para evitar que las hojas invisibles le rebanaran el cuello.
Lo que no esperaba era que esa decisión le costara una de sus piernas.
Tenía que admitirlo, Aria se había vuelto mucho más fuerte desde su último enfrentamiento.
Si no fuera por la energía de su piedra mágica, que alimentaba su regeneración, ni siquiera podría seguirle el ritmo.
Aun así, no cedió.
Mientras el hueso y la carne crecían a una velocidad vertiginosa, descartó su arma, ahora inútil tras los incontables intercambios. Luego, trasladó una parte de su armadura de carne a sus brazos y se dejó caer, posicionándose como una fiera al acecho.
Usando toda la fuerza de sus brazos y su única pierna, salió disparada como una flecha.
Evadió el corte ascendente de Aria y, aprovechando la corriente de viento, se dejó atrapar.
Su cuerpo se magulló, y horribles cortes se abrieron en su piel. Para un aventurero, aquello habría sido una experiencia extremadamente dolorosa, pero para ella, que hacía mucho se había desapegado de semejantes sensaciones, era la oportunidad perfecta para atacar.
Su puño revestido impactó de lleno en las costillas de Ais.
El sonido de los huesos aplastándose fue como música para sus oídos.
A diferencia de ella, que no temía las heridas, recibir un golpe de tal magnitud inclinaría la balanza de la batalla a su favor.
Con sus movimientos ralentizados por el impacto, Ais bajó la guardia.
Revis no perdió la oportunidad. Conectó un gancho al estómago, apoyó su peso en su extremidad regenerada y se flexionó hasta el punto en que sus tendones y ligamentos crujieron, estallando en una poderosa patada dirigida a la cabeza de Ais.
Para su sorpresa, el resultado no fue el que esperaba. No logró ver a la princesa de la espada convertirse en una fuente de sangre.
Los instintos de Ais reaccionaron un segundo antes de que todo acabara, levantando su brazo para recibir el impacto. Incluso sus ojos, normalmente inexpresivos, se llenaron de sorpresa. Sin embargo, haber logrado defenderse no significaba que saliera ilesa.
Su antebrazo se había hinchado de un púrpura oscuro, doblándose de manera antinatural.
No dolía. De hecho, Ais no sentía nada por debajo del hombro, lo cual era preocupante.
Sin perder tiempo, activó Ariel y retrocedió a toda velocidad.
Revis no la siguió. En su lugar, le dedicó una mirada confiada que hizo hervir su sangre.
Ais apretó con más fuerza su espada, llena de ira. El flujo de Mind aumentó, elevando el poder de Avenger. Pero su cuerpo ya no podía más.
Colapsó sobre una de sus rodillas.
Una bocanada de sangre llenó su boca.
Sus ojos perdieron el enfoque por un segundo, el tiempo suficiente para ver cómo el monstruo humanoide acortaba la distancia entre ambas y se detenía frente a ella.
Ais escupió a sus pies e intentó levantarse, apoyándose en su espada, pero Revis la empujó al suelo, clavándole el pie en el pecho contra la roca.
"Eres decepcionante. Esperaba más de ti, Aria" dijo con tono burlón.
Ais lo intentó. Inyectó Mind en Avenger y Ariel, intentando quitársela de encima, pero su cuerpo no respondió. La presión de Revis no cedió en lo más mínimo.
"No puedo perder" se gritó a sí misma en su mente, pero su conciencia comenzaba a flaquear.
Fue en ese momento cuando la vista de Ais se desvaneció.
De repente, se encontraba en un campo de flores. Sobre su cabeza, un gran árbol se sacudía con la brisa, y el cielo azul resplandecía bajo el sol.
Junto a ella, sentada y mirando al horizonte, había una mujer. Su rostro estaba difuso, pero aquellos cabellos dorados, que caían como hilos de oro, la hicieron reconocerla al instante.
Era Aria... su madre.
Un hombre igualmente borroso caminó hasta su yo más joven, arrodillándose y abrazándola junto a su madre.
Un sentimiento de calidez llenó su corazón, y supo inmediatamente de quién provenía.
Era su padre, Albert.
Quiso pronunciar una palabra, pero su garganta no se movió. Estaba congelada, convertida en una simple espectadora.
Este... era su primer recuerdo como una niña.
Su niñez siempre había sido difusa, casi irreal, y en sus últimos momentos, esto no cambió.
El tiempo avanzó de golpe, saltando hasta el último día en que los vio a ambos.
De repente, estaba nuevamente en la mazmorra. Su madre le gritaba palabras que no podía entender, perdiéndose en la nada, mientras su padre se interponía entre ella y el dragón negro.
Luego, solo oscuridad.
Mil años de oscuridad que, irónicamente, recordaba con más claridad que su propia infancia, hasta que volvió a abrir los ojos.
Conoció a su nueva familia y a su diosa, pero aun así, siguió luchando.
Tenía que matar al dragón que le había arrebatado todo.
Su mundo era gris y apagado, tiñéndose de rojo cada vez que ponía un pie en la mazmorra, como si la venganza fuera lo único que le quedaba.
Pero, como toda llama, esta mengua.
Su furia, aunque nunca desapareció, comenzó a ocultarse poco a poco, mientras el vacío en su corazón se iba llenando.
Hizo amigos. Su familia no se convirtió solo en compañeros que usaría para su venganza; eran algo importante para ella.
Fue entonces cuando, aquel día, lo conoció.
No sabía qué la había atraído en un principio. Probablemente pura curiosidad, pero aquel chico de cabello plateado y ojos rojos había traído color nuevamente a su mundo.
Por eso debía luchar. No tenía permitido morir. Tenía un propósito, una familia y un gran amigo que la esperaban.
"No puedo perder" rugió, escapando de sus recuerdos.
...
Los ojos en blanco de Ais recuperaron su color dorado.
Había perdido la conciencia...
Pero la situación actual no era lo que esperaba ver.
Su último recuerdo era de ella siendo presionada por el monstruo humanoide contra el suelo.
Ahora, Revis yacía recostada en el suelo, inerte. Una espada sobresalía de su pecho, atravesando su piedra mágica, que parecía desmoronarse junto con ella.
Ais se encontraba inclinada sobre ella, mirando la escena con una mezcla de incredulidad y triunfo, como si fuera la vencedora.
"...¿Cómo?" Los ojos de Revis, sin vida pero más claros y llenos de lucidez que nunca, se movieron lentamente hasta cruzarse con los de Ais.
"Tu no eres Aria..." susurró, mientras su cuerpo comenzaba a deshacerse en carne fangosa.
La piedra mágica se partió en dos, pero no se destruyó por completo; parecía repararse antes de que la energía se dispersara.
Ais tembló. No sabía cómo había llegado a ese punto, y mucho menos cómo había logrado ganar.
Pero su condición era demasiado grave como para pensar en ello en ese momento.
Con esfuerzo, rebuscó en su ropa, tomando una poción de alto rango que solía guardar en caso de emergencia.
Sus heridas externas comenzaron a curarse, pero no tuvo suerte con la hemorragia interna.
Tomó los trozos de Revis en sus manos, apretando con las fuerzas que le quedaban.
Ya había demostrado que su regeneración era tal que incluso su piedra mágica podría curarse si se dividía en dos. Si le daba tiempo para que la energía en su interior se recuperara, temía que su cuerpo también volviera a aparecer.
Grietas comenzaron a llenar la superficie de la piedra cuando sintió cómo una mano se apoyaba en su hombro.
Su mirada se desvió, temerosa, y allí vio una figura esquelética de pie tras ella.
Era Ainz, el ser que la había ayudado a llegar al primer piso.
Extendió su mano, esperando que le entregara los restos de la piedra mágica. Ais dudó por un momento antes de entregársela.
Tenía un mal presentimiento con aquella entidad, pero no podía ir en su contra.
Sus instintos le gritaban que atacarlo solo la llevaría a perder la vida.
....
Ainz sujetó su cabeza. Parecía que incluso sus pasivas tenían cierto límite; si cruzaba ese umbral, aún podría sentir algo parecido al dolor.
En esos momentos, no sería una exageración decir que tenía un hacha clavada en medio de su cerebro. No quería imaginar cómo estaría alguien sin sus inhibidores.
¿Estaría revolcándose en el suelo, llorando, gritando, o simplemente colapsaría?
Eran mil años de recuerdos e información. Solo con darle una mirada, Ainz podía sentir cómo se mareaba.
Ainz no era idiota. Sabía que el jefe mundial había estado a un solo momento de eliminarlo y tomar su cuerpo, pero había sido rechazado por el objeto mundial en su posesión.
Parece que, aunque esta Gran Madre era poderosa, aún le tenía cierto miedo al orbe rojo.
Intentó buscar la razón en los recuerdos, pero fue inútil.
Aunque una gran parte de ellos aún podía ser navegada, eran tan irrelevantes que resultaba inútil, como buscar una aguja en un pajar. Además, cada segundo que se sumergía en ellos sentía como si se estuviera diluyendo.
Temía que, si pasaba más tiempo del debido, olvidaría incluso la razón por la que estaba allí, perdiéndose poco a poco en ese océano que lo consumiría por completo.
Era asfixiante.
Lo más problemático eran esos recuerdos que ya se habían fusionado con su conciencia. Incluso usando Control de Amnesia, tardaría mucho tiempo en removerlos o estirparlos por completo.
Estos recuerdos contenían algo de información interesante, pero en general, podían sesgar su albedrío. Ya de por sí, estaban influyendo mínimamente en su personalidad.
Eran sentimientos ajenos.
Ainz solo había conocido a un dios desde que llegó a ese mundo. Si lo describiera con una palabra, sería "molesto", pero ahora, al pensar en él, un burbujeante odio se arremolinaba en sus pensamientos.
Claramente, esto no formaba parte de su yo original. Debían ser los vestigios de la Gran Madre que se habían fusionado con su ser.
Ainz recuperó la compostura después de calmarse un poco.
Miró al gran coloso esquelético de Udaeus, quien se había arrodillado ante él. Las llamas lechosas en sus cuencas habían desaparecido, siendo reemplazadas por llamas rojas, como las de su propio personaje.
Un enorme ejército de esqueletos se había formado detrás de él, inmóviles, esperando una orden de su parte.
Ellos estaban siendo afectados por el control de no muertos que Ainz había usado sobre el jefe de piso. Los Spartoi parecían funcionar como una mente colmena entre ellos, siendo dirigidos por Udaeus. Por lo tanto, controlar a el jefe significaba controlar a todas sus invocaciones. Aunque también significaba que, si Udaeus era destruido, ellos lo acompañarían.
Ainz dudó por un momento en cortar la conexión. Después de todo, eran monstruos generados por la mazmorras, y servirían como conductos para que la conciencia de la Gran Madre lo volviera a atacar.
Decidido, levantó su control sobre los no muertos, pero, a diferencia de lo esperado, Udaeus no se movió en su contra. De hecho, Ainz pudo sentir cómo otra conexión se formaba con el monstruo.
Esta conexión era mucho más estrecha que la anterior.
Ya no solo controlaba sus conciencias, sino que su existencia misma estaba bajo su poder.
Si lo deseara, con un solo pensamiento podría deshacerlos en la nada.
"Ya veo," rió, sin saber si era mejor reír o llorar por su suerte.
Parecía que esta Gran Madre no solo había dejado una copia de sus recuerdos en su cuerpo.
Dejó que su conciencia se expandiera por todo el primer piso. Un pequeño rastro de la Gran Madre lo sintió, rugiendo de furia, pero ya era demasiado tarde.
Ainz cargó con fuerza, destruyendo la débil existencia de la Gran Madre que gobernaba ese piso, y continuó descendiendo hasta llegar al décimo piso, donde se detuvo.
Aún podía avanzar, pero la sensación de peligro le gritaban que se detuviera. La conciencia de la Gran Madre se había estado fortaleciendo con cada piso que profundizaba. Si quería ir más allá, debía estar listo para enfrentarla nuevamente.
Así fue suficiente.
Lo que la Gran Madre había dejado dentro de su cuerpo era una marca.
Parecía que, después de todo, la conciencia de la Gran Madre esperaba usar su cuerpo como un recipiente completo para su existencia, o nunca habría traído algo así con ella.
Ainz había obtenido el dominio. Podía sentirlo todo. Cada roca o partícula de los primeros pisos era de su propiedad. Si lo deseara, podría usar su MP para reconstruirlos e incluso generar monstruos bajo su control. Pero no se arriesgó a intentarlo aún.
Este dominio estaba lleno de comandos que revolvían su cabeza. Ainz casi sentía como si estuviera haciendo trampa dentro de aquel lugar, pero, de igual manera, era tan extraño que simplemente no entendía cómo usarlo adecuadamente.
Fue entonces que lo notó. Al otro lado de aquel piso, la lucha entre el monstruo humanoide y uno de los aventureros estaba llegando a su fin.
Ainz se acercó volando, observando cómo la aventurera era aplastada por Revis con el pie.
Las miró por un instante antes de negar con la cabeza, comprendiendo un poco más acerca de sus condiciones.
Sin piedad, usó Tomar Corazón sobre Revis, haciendo aparecer la piedra mágica en su palma.
El monstruo humanoide perdió toda su fuerza en ese instante, paralizándose.
En aquella piedra mágica, Ainz pudo sentir rastros de la Gran Madre. Parecía haber usado la piedra mágica para ocultar parte de su conciencia en aquella chica.
No era sorprendente que actuara tan alocada y errática si estaba siendo influenciada desde un principio.
Usando su autoridad sobre ella, borró los rastros de su existencia de la piedra mágica antes de devolverla a su dueño, quien pareció volver de los muertos tras esto.
Estaba confundida, dio un paso atrás, liberando a la aventurera, quien, en su inconsciencia, se levantó de golpe, clavando la espada en el pecho de Revis.
Ainz se enmudeció. Vio cómo la piedra mágica se partía en dos, soltando un suspiro de alivio cuando no se desintegró en la nada.
Tenía curiosidad por el monstruo humanoide, así que, antes de que la aventurera acabara con ella, guardó los restos en su inventario. Tenía un interesante experimento que realizar sobre la piedra mágica cuando las cosas se calmaran.
.......