La familia Takemikazuchi continuaba su entrenamiento matutino en el patio de su pequeña sede. Ouka y Chigusa practicaban sus movimientos con dedicación, mientras Mikoto lanzaba rápidas estocadas con su espada. Takemikazuchi observaba con los brazos cruzados, asintiendo con aprobación ante el esfuerzo de sus hijos adoptivos.
Todo transcurría con tranquilidad. Nada fuera de lo común.
Ouka realizaba un intercambio de golpes con Mikoto, quien respondía con precisión. Chigusa, por su parte, enfocaba su energía en mejorar su postura, tratando de corregir cualquier falla antes de atacar.
Takemikazuchi sonrió. Su familia no era la más fuerte de Orario, ni tampoco la más grande, pero su esfuerzo y dedicación los hacían destacar.
"Descanso," ordenó el dios, viendo cómo sus hijos bajaban sus armas y respiraban profundamente. "Han mejorado mucho. Si siguen así, podrán—"
Un crujido repentino detuvo sus palabras.
Todos voltearon hacia el techo de la sede. Algo no estaba bien.
El techo de la sede de la familia Takemikazuchi no estaba diseñado para soportar lo absurdo, pero aun así, ahí estaba.
Un pingüino.
Un pingüino existiendo.
Takemikazuchi y sus hijos adoptivos lo miraron en completo silencio, sin comprender cómo ni por qué estaba ahí. Pero antes de que alguien pudiera decir algo, el pingüino abrió su pico y…
¡PUM!
Una bomba cayó directamente en el patio, explotando con un ruido ensordecedor. Mikoto y Ouka saltaron hacia atrás justo a tiempo.
¡ZAS!
Una espada fue lanzada a toda velocidad, pasando rozando la cabeza de Chigusa y clavándose en el suelo con un sonido seco.
"¡¿Pero qué—?!", exclamó Ouka, esquivando otra bomba que casi le daba en la cara.
Sin aviso, una banana salió disparada del pico del pingüino. Takemikazuchi la atrapó en el aire, completamente desconcertado.
El pingüino no se detenía. Literalmente estaba disparando de todo. Bombas, espadas, jarrones, una silla, un barril entero, un libro de cocina, una piedra con la cara de Takemikazuchi esculpida en ella…
"¡¿Qué está pasando?!"
"¡¿Por qué un pingüino está atacándonos?!"
"¡¿Por qué tiene mi cara grabada en esa piedra?!"
El caos absoluto reinaba en la sede de la familia Takemikazuchi, y lo peor era que ni siquiera sabían cómo defenderse de un ataque tan ridículo.
Las bombas que el pingüino había lanzado antes parecían inofensivas, o al menos eso creyeron. Porque justo cuando todos pensaban que habían esquivado lo peor…
¡BOOM!
El patio entero se llenó de humo y una onda expansiva sacudió la sede.
Takemikazuchi y su familia fueron lanzados por los aires como muñecos de trapo, aterrizando de forma nada digna en el suelo. Afortunadamente, la explosión solo los aturdió, pero ahora todos estaban con el cabello chamuscado, las ropas hechas un desastre y con los ojos girando como si hubieran sido golpeados con una tonelada de ladrillos.
"Ugh… ¿qué pasó…?" murmuró Chigusa con la mirada perdida.
"Nos engañó… nos hizo creer que esquivamos las bombas… pero en realidad solo estaban con retardo…" dijo Takemikazuchi, aún en el suelo, tratando de entender cómo un simple pingüino los había superado en estrategia.
Pero no había tiempo para lamentarse.
Porque el pingüino seguía ahí.
Y seguía lanzando cosas.
Ahora eran más bananas. Muchas bananas. Un verdadero bombardeo de fruta cayó sobre los aventureros.
"¡¿Por qué bananas ahora?!" gritó Mikoto, cubriéndose la cabeza mientras las frutas llovían sobre ellos.
"¡Eso no importa! ¡Tenemos que hacer algo antes de que nos lance otra cosa peor!" exclamó Ouka.
El pingüino, como si los hubiera escuchado, dejó de lanzar bananas y, con una mirada inexpresiva pero llena de maldad, abrió su pico una vez más…
Y esta vez, lo que salió disparado fue…
¡Una mesa entera!
El pingüino finalmente se detuvo.
Todos estaban jadeando, cubiertos de restos de bananas, con chichones por los objetos aleatorios que habían recibido y con el orgullo completamente destrozado.
"¿S-se fue…?" preguntó Chigusa, aún temblando.
El pingüino permaneció en el techo, inmóvil, como una entidad cósmica evaluando a los mortales que osaban desafiar su existencia.
Y entonces, como un acto final de crueldad, abrió su pico una última vez…
Algo cayó lentamente desde lo alto, flotando suavemente con la brisa.
Cuando aterrizó en el suelo, todos la vieron.
Era una dakimakura.
Con la imagen de Mikoto, en una pose vergonzosamente sugerente.
Silencio.
Los ojos de Mikoto se abrieron como platos mientras su cara explotaba en un rojo tan intenso que podría competir con el fuego de un dragón.
"…¿Q-q-q-qu-qu-qué… e-es… e-esto…?" balbuceó, completamente petrificada.
Takemikazuchi desvió la mirada, tratando de mantener su dignidad como dios. Ouka, Chigusa y los demás simplemente se quedaron en shock.
El pingüino, satisfecho con su trabajo, giró sobre sí mismo, abrió sus pequeñas alas y se lanzó del techo. Desapareció en el horizonte como si nunca hubiera estado allí.
Pero su legado quedaría marcado en la familia Takemikazuchi para siempre.
Mikoto, con manos temblorosas, recogió la dakimakura del suelo.
La observó detenidamente.
Su rostro en la imagen era… demasiado realista. El nivel de detalle en su cabello, su ropa—bueno, la falta de esta—y su expresión avergonzada era tan precisa que parecía haber sido tomada directamente de ella.
Pero… eso no era posible, ¿verdad?
Ella jamás había posado para algo así.
"¿Q-q-quién hizo esto…?" murmuró, sintiendo cómo su alma dejaba lentamente su cuerpo.
Ouka se acercó con cuidado, como si temiera que la dakimakura explotara si la tocaba.
"Esto es… demasiado bien hecho. Parece—parece una pintura o algo así."
Chigusa asintió, completamente roja. "P-pero… ¿por qué? ¿Cómo?"
Takemikazuchi cruzó los brazos, cerrando los ojos con gravedad. "Un pingüino gigante nos atacó con todo tipo de objetos, incluyendo armas letales… y su último acto fue lanzar una dakimakura realista de Mikoto."
Silencio.
Ouka miró al dios, luego a Mikoto, luego a la dakimakura…
Y finalmente, simplemente se rindió tratando de comprenderlo.
"Voy a hacer como que esto no pasó."
"¡NO PUEDES IGNORARLO!" gritó Mikoto, zarandeándolo. "¡ESTO ES MI HONOR! ¡MI DIGNIDAD!"
Takemikazuchi se rascó la cabeza. "Supongo que hay dos opciones: O alguien está obsesionado contigo a un nivel perturbador… o esto es cosa del autor."
Todos se quedaron en silencio ante esa segunda posibilidad.
El autor.
Esa entidad absurda, todopoderosa, caótica y completamente inmanejable.
Mikoto se quedó viendo la dakimakura en sus manos.
Si era cosa del autor, entonces no tenía sentido buscar lógica. Pero… eso significaba que en cualquier momento, podría aparecer para burlarse de ella en persona.
Su cara ya estaba roja, pero en ese instante se puso aún más roja.
Antes de que pudieran seguir procesando la dakimakura de Mikoto, el suelo del patio tembló ligeramente.
La familia Takemikazuchi se puso en guardia, esperando otro ataque absurdo del pingüino. Sin embargo, en lugar de una nueva lluvia de proyectiles, algo emergió lentamente del suelo.
Era… una papa.
Una papa vestida de mimo.
Su cuerpo redondo y marrón tenía un traje de rayas blancas y negras pintado sobre su cáscara, con un pequeño sombrero negro en la parte superior. Sus "ojos" eran simplemente dos puntos oscuros que parecían observarlos con un aire de inexpresiva elegancia.
Pero lo más extraño de todo era cómo se movía.
Se deslizaba levemente de un lado a otro sin hacer ruido, como si estuviera imitando los movimientos de un verdadero mimo. De repente, levantó una de sus "manos" (si es que se podían llamar así) y empezó a palpar el aire como si estuviera atrapada en una caja invisible.
Toda la familia Takemikazuchi se quedó completamente en silencio, mirando la escena con incredulidad absoluta.
"…Estoy soñando," murmuró Ouka, masajeándose las sienas.
"Tal vez si la ignoramos, desaparezca," susurró Chigusa, con la esperanza de que esto fuera producto de su imaginación.
Mikoto, sin soltar la dakimakura, solo pudo observar con una mezcla de horror y fascinación.
La papa-mimo siguió con su acto, fingiendo chocar contra paredes invisibles, fingiendo escalar una cuerda invisible, e incluso sacando una rosa de la nada y ofreciéndosela a Ouka de manera dramática.
Takemikazuchi cerró los ojos y respiró hondo.
"…No sé qué clase de castigo divino es este, pero ya quiero que termine."
Mikoto se acercó lentamente a la papa-mimo, aún sosteniendo la dakimakura con su imagen realista.
La papa dejó de moverse.
El silencio se hizo pesado cuando la papa-mimo simplemente se quedó quieta, mirando fijamente a Mikoto con sus ojos inexpresivos.
Mikoto sintió un escalofrío recorrer su espalda.
"…¿Hola?" intentó decir, sin saber si era buena idea hablarle a una papa.
De repente, la papa empezó a girar.
Primero lentamente… luego más rápido… y más rápido… hasta que se convirtió en un torbellino borroso de rayas blancas y negras.
La familia Takemikazuchi retrocedió con cautela.
El torbellino se detuvo de golpe.
Ahora, de pie frente a Mikoto, había otra Mikoto.
Misma ropa. Mismo cabello. Misma expresión confundida.
La verdadera Mikoto parpadeó.
La copia parpadeó al mismo tiempo.
La verdadera Mikoto inclinó la cabeza.
La copia también inclinó la cabeza.
La verdadera Mikoto dio un paso atrás.
La copia dio un paso adelante.
Ouka tragó saliva. "Por todos los dioses…"
Chigusa se aferró a su lanza. "¡Se multiplicó…!"
Takemikazuchi masajeó su sien, sintiendo un dolor de cabeza inminente.
La falsa Mikoto se inclinó levemente hacia la verdadera Mikoto, acercando su rostro al de ella… y le quitó la dakimakura de las manos.
Luego, con una calma absoluta, abrazó la dakimakura y le dio unas palmaditas suaves, como si la estuviera consolando.
Mikoto sintió que su alma abandonaba su cuerpo por un momento.
La copia de Mikoto, con una expresión completamente pacífica, se acomodó en el suelo del patio mientras abrazaba la dakimakura con su imagen.
Todos la miraban en absoluto silencio.
"…Se acaba de dormir," susurró Ouka, incrédulo.
Chigusa se frotó los ojos. "¿Eso es… normal?"
Takemikazuchi suspiró y miró al techo, donde el pingüino seguía existiendo.
"Dudo que algo de esto sea normal."
Mientras tanto, la verdadera Mikoto simplemente estaba congelada en su lugar, mirando a su copia, que ahora respiraba lentamente, completamente sumida en un sueño profundo.
Mikoto abrió la boca para decir algo, pero no encontró palabras.
¿Qué se supone que debía hacer en una situación así?
La copia no parecía hostil… solo… abrazaba una versión de ella misma en un dakimakura y dormía plácidamente como si todo estuviera bien en el mundo.
El pingüino en el techo asintió con satisfacción antes de desaparecer en un puff de humo.
"…"
La familia Takemikazuchi decidió ignorar ese último detalle por el bien de su cordura.
Chigusa sintió un escalofrío recorrer su espalda cuando una nueva papa mimo emergió del suelo justo a su lado.
"E-Espera un momento…" murmuró, retrocediendo lentamente.
Pero ya era tarde. La papa empezó a girar frenéticamente, como si estuviera cargando energía. Todos los presentes solo pudieron observar en silencio mientras la extraña criatura se transformaba.
Cuando el torbellino de giros cesó, allí estaba…
Una copia exacta de Chigusa.
Mismo rostro. Misma expresión tímida. Mismo nerviosismo en la mirada.
"E-eh?" Chigusa se señaló a sí misma y luego a su copia, incapaz de procesar lo que acababa de ocurrir.
La copia la miró fijamente, inclinando la cabeza con curiosidad.
El silencio incómodo se mantuvo mientras todos procesaban la absurda situación.
La copia de Chigusa parpadeó lentamente, observando a su alrededor como si analizara el entorno. Entonces, de repente, su mirada se fijó en Ouka.
Antes de que alguien pudiera reaccionar, la copia corrió hacia él con una velocidad sorprendente y, con una agilidad casi felina, saltó y se aferró a él como un koala.
"¡¿Q-Qué demonios?!" Ouka perdió el equilibrio por la repentina carga y casi cae de espaldas.
La copia de Chigusa envolvió sus brazos y piernas alrededor de él, abrazándolo con fuerza descomunal. Su expresión seguía siendo neutra, pero por alguna razón, parecía… satisfecha.
Chigusa, la real, abrió la boca en shock y su rostro enrojeció en cuestión de segundos.
"¡Y-Y-Y-Yo no haría eso!" exclamó, agitando frenéticamente las manos.
Ouka intentó despegarse de la copia, pero esta se apretó aún más contra él, negándose a soltarlo.
"¡Takemikazuchi-sama, ayúdeme!"
El dios suspiró y se llevó una mano al rostro. "Esto solo se pone peor…"
El caos continuó mientras Ouka intentaba desesperadamente despegarse de su clon-parásito.
"¡Suéltame, maldita sea!" Forcejeó, pero la copia de Chigusa se aferró aún más fuerte, como si su vida dependiera de ello.
"¡No soy así! ¡No soy así!" gritó la Chigusa original, completamente roja de la vergüenza.
Takemikazuchi se cruzó de brazos, observando la escena con una expresión de resignación. "Bueno… al menos no está lanzando cosas como el pingüino."
Hablando de eso, el pingüino volvio al techo, mirando la escena con su expresión vacía. Sin previo aviso, sacó de su boca… otra bomba.
"¡Oh, no otra vez!" gritaron todos al unísono.
Pero en lugar de lanzarla, el pingüino simplemente la dejó caer al suelo.
Silencio.
"…¿No explotó?" preguntó Ouka con cautela, aún atrapado en el abrazo mortal de la copia.
Takemikazuchi se acercó lentamente a la bomba, la observó de cerca… y vio un mensaje escrito en ella.
"Ja, broma. Pero cuidado con la próxima."
Entonces, la bomba desapareció en una nube de confeti.
Hubo un momento de confusión general.
"…¿Qué demonios está pasando?" preguntó Mikoto, aún mirando con desconfianza la dakimakura con su imagen realista.
Como para responder a su pregunta, otra papa mimo emergió del suelo.
Esta vez, la víctima fue… Takemikazuchi.
El dios parpadeó, mirando a la papa que giraba frenéticamente.
"No, espera, espera, ¡espera!"
Pero era demasiado tarde.
La papa completó su transformación… y ahora había una copia de Takemikazuchi de pie frente a él, con los brazos cruzados y la misma expresión de resignación.
El verdadero Takemikazuchi tragó saliva.
"…No me gusta a dónde va esto."
Todos observaron en silencio cómo la copia de Takemikazuchi simplemente caminó hasta una esquina del patio… y sin decir una sola palabra, empezó a hundir sus piernas en la tierra como si fuera un árbol.
Takemikazuchi parpadeó varias veces. "¿Qué?"
La copia lo miró fijamente por un segundo… y luego cerró los ojos, adoptando una pose completamente inmóvil.
Parecía que de verdad estaba echando raíces.
"…Bueno, eso es nuevo," murmuró Ouka, aún atrapado en el abrazo de su clon-Chigusa-koala.
El verdadero Takemikazuchi se acercó con cautela y le dio un toquecito en la cabeza a su clon. No hubo respuesta.
"¿Está… meditando?"
Mikoto frunció el ceño. "¿O es una estrategia para espiarnos eternamente?"
"¿Me estás diciendo que ahora tengo un clon que decidió convertirse en planta? ¡Eso ni siquiera tiene sentido!"
Como si para confirmar su punto, unas pequeñas ramitas empezaron a brotar de los hombros del clon.
Takemikazuchi levantó las manos. "No. No. No pienso lidiar con esto."
Entonces, todos voltearon a ver al pingüino en el techo, esperando su siguiente jugada.
El pingüino los miró…
Abrió la boca…
Y dejó caer una nota.
Mikoto la atrapó al vuelo y la leyó en voz alta:
"El espectáculo apenas comienza."
Entonces, el pingüino desapareció en una nube de humo.
Apenas la nota tocó el suelo, todas las copias de la familia Takemikazuchi empezaron a hundirse de regreso en la tierra, como si nunca hubieran existido.
Incluso la versión árbol de Takemikazuchi se desvaneció sin dejar rastro, llevándose consigo las pequeñas ramitas que habían empezado a brotar de sus hombros.
Ouka sintió que el peso en su cuerpo desaparecía y vio que su clon-Chigusa-koala se había soltado para volver a la tierra.
Mikoto miró a su alrededor, asegurándose de que no quedara ningún rastro de los impostores. "Bueno… eso pasó."
"¡¿Pero qué demonios fue todo eso?!", exclamó Takemikazuchi, señalando el suelo con frustración.
Nadie tenía una respuesta. Solo sabían que habían sido atacados por un pingüino que lanzaba cosas y un grupo de papas mimos que imitaban personas.
Silencio incómodo.
Chigusa se aclaró la garganta. "…Al menos todo volvió a la normalidad."
Como si el universo se sintiera insultado por esa afirmación, una última papa salió del suelo, se quedó flotando por un segundo… y luego cayó de nuevo, desapareciendo para siempre.
El suelo tembló ligeramente, justo en el mismo lugar donde las papas mimo habían desaparecido.
La familia Takemikazuchi se tensó de inmediato.
"¿Otra vez…?", murmuró Mikoto, dando un paso atrás.
De la tierra emergió lentamente un pequeño brote, que en cuestión de segundos creció y se convirtió en un árbol diminuto con un tronco delgado y ramas escasas.
El aire se llenó de una sensación inquietante.
Ouka frunció el ceño. "Tengo un mal presentimiento sobre esto…"
Takemikazuchi entrecerró los ojos con una mezcla de duda y esperanza. "¿Será otro ser extraño como esos… o algo diferente?"
Las hojas del árbol temblaron… y entonces, sin previo aviso, de sus ramas empezó a caer algo.
Clink.
Una moneda dorada golpeó el suelo.
Clink, clink, clink.
Otras más le siguieron.
La familia Takemikazuchi se quedó en silencio absoluto mientras observaban cómo, en lugar de frutos, el árbol comenzaba a soltar valis.
Primero unas pocas monedas… luego una lluvia entera.
"…"
"…¿Qué?"
Takemikazuchi fue el primero en reaccionar, con los ojos bien abiertos y temblando de emoción.
"¡VALIS!"
Ouka se lanzó al suelo, atrapando puñados de monedas como si fueran un tesoro caído del cielo.
"¡ESTO ES UN MILAGRO!", gritó Chigusa, tratando de juntar la mayor cantidad posible en su falda.
Mikoto, aún en shock, solo podía mirar la escena con incredulidad.
Takemikazuchi, con lágrimas de alegría, alzó los brazos al cielo. "¡AL FIN! ¡ALGO BUENO NOS PASA!"
La lluvia de valis continuó hasta que el suelo quedó cubierto de monedas.
Y en ese momento, el pingüino de antes volvió a asomar la cabeza desde el techo.
Miró la escena en completo silencio… y luego asintió lentamente, como si aprobara lo que veía, antes de desaparecer una vez más en las sombras.
…
El autor estaba recostado en una banca de la plaza, con las manos detrás de la cabeza y una pierna cruzada sobre la otra, disfrutando de un momento de tranquilidad.
La brisa era agradable, el sol no quemaba demasiado, y nadie lo estaba molestando. Era uno de esos raros momentos donde podía simplemente existir sin causar caos.
Entonces, de repente, una sombra pasó frente a él.
No necesitaba mirar para saber quién era.
"¿Y? ¿Hiciste algo interesante, Rico?" preguntó sin moverse de su posición.
El pingüino, Rico, aterrizó suavemente en el suelo y asintió con su característica expresión seria.
"Eso me gusta. Me conoces bien, mi estimado compinche."
El pingüino infló el pecho con orgullo.
El autor asintió, satisfecho, hasta que una pequeña punzada de duda lo golpeó.
Algo estaba mal.
Algo… faltaba.
Se incorporó lentamente y miró al pingüino con los ojos entrecerrados.
"…Oye, Rico."
El pingüino lo miró, ladeando la cabeza.
El autor entrecerró aún más los ojos.
"¿Dónde está mi dakimakura de Mikoto?"
El pingüino parpadeó.
Un silencio tenso se apoderó del lugar.
El autor y el pingüino se quedaron mirándose fijamente, como dos vaqueros en un duelo del viejo oeste.
"…Rico."
El pingüino se quedó inmóvil.
"Dime que no se la diste a alguien."
El pingüino no respondió.
El autor inclinó la cabeza lentamente.
"Rico… ¿qué hiciste?"
El pingüino sacó un pequeño cuchillo de quién sabe dónde y lo sostuvo con su aleta, como si eso explicara todo.
El autor parpadeó.
"…Eso no responde a nada, maldita sea."
La familia Takemikazuchi seguía celebrando en el patio, rodeando el pequeño árbol milagroso que seguía soltando valis como si no hubiera un mañana.
"¡Esto es increíble!" exclamó Ouka, sosteniendo un puñado de monedas con los ojos brillando de emoción.
"¡Parece un sueño!" dijo Chigusa, casi al borde de las lágrimas.
Takemikazuchi estaba en silencio, mirando al cielo con una expresión solemne. "Finalmente… la fortuna nos ha sonreído…"
Pero justo en ese momento, una onda de energía recorrió el aire y, en un instante, el autor apareció en medio de la escena.
Silencio.
Todos se quedaron congelados, mirando al recién llegado con el terror instintivo de quien ve a la personificación del caos materializarse de la nada.
El autor ni siquiera les prestó atención. Sus ojos se posaron inmediatamente en la dakimakura de Mikoto que seguía en el suelo, olvidada entre la euforia de la lluvia de valis.
Se acercó tranquilamente, se agachó, recogió la dakimakura con cuidado y la sacudió un poco antes de abrazarla contra su pecho.
"Mío."
Y en un abrir y cerrar de ojos, desapareció de nuevo.
El patio quedó en silencio.
La familia Takemikazuchi siguió mirando el lugar donde el autor había estado, tratando de procesar lo que acababa de pasar.
"…¿Qué demonios fue eso?" murmuró Ouka.
Takemikazuchi suspiró. "No pregunten. Solo acepten que pasó y sigan adelante."
Todos asintieron lentamente. O por lo menos la mayoria
Mikoto estaba en shock.
El autor había aparecido, dicho "Mío" y se había ido… pero lo peor no era eso.
No.
Lo peor era que él se había llevado esa dakimakura.
La dakimakura que tenía su imagen.
En poses… sugerentes.
Sus ojos temblaban mientras su mente trataba de procesar la horrorosa verdad.
"…No…" murmuró, su rostro completamente rojo.
Ouka y Chigusa se dieron cuenta de su estado y se preocuparon. "¿Mikoto…?"
Pero Mikoto estaba respirando entrecortadamente, con una expresión entre horror y furia absoluta.
"¡ES UN DEPRAVADO!" gritó con todas sus fuerzas.
Takemikazuchi suspiró. "Sí… pero no es la primera vez que hace algo así."
"¡¿Y ESO LO HACE MENOS GRAVE?! ¡TIENE UNA DAKIMAKURA MÍA! ¡¿DESDE CUÁNDO?! ¡¿POR QUÉ?! ¡MALDITO, TE MALDIGO!"
Mikoto, con los puños cerrados y los ojos llenos de ira, miró al cielo como si pudiera hacer que el autor la escuchara desde donde estuviera.
Mientras tanto, el autor, ya cómodamente sentado en su escondite secreto, sintió un escalofrío recorrer su espalda.
"…Mmm… ¿alguien me está maldiciendo?"
El pingüino Rico lo miró y negó con la cabeza.
"Ah, bueno. Seguro no es nada."
Y con eso, abrazó su dakimakura de Mikoto y se recostó para tomar una siesta.
Mientras Mikoto maldecía al autor con toda su furia, el cielo tronó de repente.
Todos los miembros de la Familia Takemikazuchi sintieron cómo se erizaban los vellos de su cuerpo.
"Uh… Mikoto, tal vez deberías calmarte un poco…" intentó advertir Chigusa, preocupada.
"¡NO, CHIGUSA! ¡ESTE ES UN ACTO IMPERDONABLE! ¡LO VOY A…!"
¡CRACK-BOOM!
Un rayo cayó directamente sobre Mikoto.
Por un instante, todo quedó en silencio.
El humo se disipó poco a poco… revelando a Mikoto completamente achicharrada, con su cabello erizado y su expresión congelada en puro enojo.
"..."
Takemikazuchi se cubrió la boca, Ouka intentó contener la risa, y Chigusa solo miró en shock.
"…Mikoto, ¿estás bien?" preguntó Ouka, apenas pudiendo sostener la compostura.
"...…"
Mikoto levantó lentamente un pulgar.
Y luego cayó al suelo.
Takemikazuchi suspiró. "Definitivamente fue el karma…"