Cherreads

Chapter 7 - Capítulo 7: “Diosas, Médicos y un Brazo de Más”

En lo más alto de la torre de Babel, donde el viento suave acariciaba las ventanas de la habitación de Freya, la diosa se encontraba en una postura solemne, con la mirada fija hacia el horizonte. La luz de la luna se filtraba a través de los cristales, creando sombras que danzaban lentamente en las paredes de su santuario. 

Freya, la diosa de la belleza, se encontraba sola en su habitación, pero su mente, como siempre, viajaba lejos, más allá de la torre y de las personas que la rodeaban. Su vista había percibido algo peculiar, algo que despertó su interés: el alma de Bell Cranel. Había observado a este joven, este aventurero que parecía tan insignificante a los ojos de muchos, pero cuyas huellas en el mundo eran más profundas de lo que cualquier mortal podría imaginar.

"Tan pura… tan llena de potencial", pensó mientras sus dedos se deslizaban suavemente sobre el cristal. "No es de este mundo. No tiene la corrupción que empaña a otros."

Había logrado percibir su alma a través de su visión divina, esa capacidad que solo ella poseía para mirar más allá de la realidad física y penetrar en lo más profundo de un ser. Bell Cranel era un misterio, una joya brillante en un mar de oscuridad. ¿Qué lo hacía tan especial? Freya estaba decidida a averiguarlo.

De repente, una sonrisa apareció en sus labios, una sonrisa que no mostraba ni un atisbo de duda, solo una pura fascinación.

 "Un alma tan pura, tan intacta… Atrapado entre la pureza de sus intenciones y el caos del mundo que lo rodea. Es un desafío… y me encantan los desafíos."

Su voz, llena de un interés palpable, se fundió con el silencio de la habitación. Freya se inclinó hacia adelante, observando los movimientos de Bell en su mente como si pudiera verlo a través de una ventana invisible.

"Te quiero cerca, pero no solo para mí", susurró, una pizca de deseo en sus palabras. "Este juego es mucho más interesante cuando todos los jugadores están involucrados."

Con una sonrisa de medio lado, el autor se recostó despreocupadamente contra la puerta de la habitación. "Realmente suenas como una psicópata ahora mismo, ¿sabías eso?"

Freya frunció el ceño por un momento, sorprendida, pero pronto soltó una risa nerviosa al darse cuenta de que era solo el autor. "¿Acaso no te has dado cuenta de que este es mi estilo? No soy tan… 'normal' como los demás."

El autor no pudo evitar reírse, pero se acercó con un aire de curiosidad genuina. "Eso está claro. Pero en serio, ¿qué es lo que encuentras tan fascinante de ese chico? ¿Lo has observado desde que entro en la ciudad o algo así?"

Freya se cruzó de brazos, su mirada se suavizó mientras pensaba en Bell. Y aun asi, no respondió

El autor la observó en silencio por un momento, notando cómo su mirada se volvía más suave al mencionar a Bell. Esto no era algo común en Freya. Pero antes de que pudiera decir algo, ella lo miró fijamente.

"¿Qué, te asusta eso?" bromeó Freya con una sonrisa desafiante.

"Para nada. Solo estaba pensando en lo divertida que es tu obsesión", respondió el autor sin perder la compostura.

Freya se rió de nuevo, recostándose sobre el respaldo de su sillón. "No es una obsesión. Solo… curiosidad. Es tan… encantadoramente puro."

El autor levantó una ceja, sabiendo que esta conversación no había terminado aún.

El autor se sentó en el borde de la ventana, mirando las luces parpadeantes de la ciudad a lo lejos. "¿Sabes? Siempre me sorprende lo tranquila que puedes estar a veces, incluso cuando hablas de algo tan… inquietante."

Freya lo observó con una sonrisa entretenida, cruzando las piernas con elegancia. "¿Inquietante? Yo diría que es… fascinante. Pero supongo que todo depende de la perspectiva, ¿no?"

"Sí, tienes razón", dijo el autor, recostándose de manera perezosa. "Aunque, en tu caso, tu perspectiva siempre está un poco torcida."

Freya soltó una risa suave, levantando una ceja mientras se recostaba aún más en su sillón, relajada. "¿Y qué tienes tú contra mi perspectiva? Creo que es bastante… perspicaz."

"Bueno, no es que tenga algo en contra. Simplemente me pregunto qué más te atrae de Bell aparte de su… pureza, como lo llamas." El autor hizo una pausa, mirando a Freya con un tono curioso, pero también con cierto toque de burla. "No me digas que ya has ido tan lejos como para desarrollar una… ¿afecto por él?"

Freya se sonrió misteriosamente, dejando que el silencio llenara la habitación por un momento. "¿Quién sabe? La atracción por algo puro no siempre significa un simple deseo. Tal vez simplemente… me gusta observar cómo alguien tan pequeño puede tener tanto impacto en el mundo."

"¿Un mundo donde todo está en tus manos?" El autor hizo un gesto exagerado. "Parece un poco desbalanceado, ¿no?"

Freya lo miró por un momento, con un destello de diversión en sus ojos. "¿Desbalanceado? No es tan divertido si todo estuviera a mi alcance siempre. A veces, lo más interesante es lo impredecible. Y Bell, bueno, él es una sorpresa constante."

El autor dejó escapar una risa suave. "Me pregunto cuánto tiempo más podrás mantener ese interés antes de cansarte. Ya sabes, las cosas no suelen ser tan… emocionantes para ti por mucho tiempo."

Freya se inclinó hacia adelante, con un brillo casi travieso en los ojos. "¿Y qué me dices de ti? ¿Cuánto tiempo más vas a seguir jugando con esta historia como si no pudieras hacer nada más que observar?"

"Jugar con esta historia…" El autor sonrió, cruzando los brazos. "Creo que te olvidas de algo. Soy el que la controla."

"Y por eso sigues siendo tan interesante", dijo Freya con un toque de sarcasmo, sin dejar de sonreír. "Aunque supongo que eso te convierte en parte de esta 'historia' también. ¿No te resulta irónico?"

El autor se inclinó hacia atrás con aire indiferente. "Quizá. Pero no te preocupes, estoy disfrutando del espectáculo."

Ambos se quedaron en silencio por un momento, disfrutando de la comodidad de una conversación amena, cada uno con sus propios pensamientos.

El autor se acomodó en su lugar, tomando un sorbo de su bebida con una mirada distraída. La conversación había estado fluyendo bien, pero había algo en el ambiente que pedía un pequeño giro.

De repente, sin previo aviso, dijo con una sonrisa traviesa: "Oye, Syr," como si fuera lo más normal del mundo.

Freya parpadeó, sorprendida, pero la sorpresa no duró mucho. Al final, ya había anticipado que el autor descubriría la verdad, aunque no tan rápido. "¿Syr?" Repitió, con una ligera sonrisa. "Vaya, parece que no me puedes dejar pasar desapercibida."

El autor la miró, sin ningún rastro de vergüenza en su rostro. "¿Por qué preocuparme si prefieres ser Syr? No es como si fuera un gran secreto. Y, sinceramente, creo que a ti te gusta más ser Syr que Freya."

Freya se cruzó de brazos, un pequeño brillo de diversión en sus ojos. "¿Y qué hay de malo en eso? Syr es… más sencilla. No tengo que cargar con todo el peso de ser una diosa. A veces, es agradable no ser el centro de atención."

El autor asintió, mostrando comprensión. "Lo entiendo. Debe ser agotador ser una diosa todo el tiempo, lidiar con la veneración y esas expectativas de todos."

"Exactamente." Freya sonrió suavemente, la mirada relajada. "Como Syr, soy solo una chica normal. Nadie me mira con esa intensidad." Su tono cambió, tornándose más juguetón. "Y tampoco tengo que hacer planes maquiavélicos todo el tiempo."

El autor levantó una ceja, juguetón. "¿Planes maquiavélicos? Eso suena interesante. ¿Algún detalle que quieras compartir?"

Freya soltó una risa suave. "No. Pero en serio, es agradable tener un descanso de ser 'Freya'. Cuando soy Syr, no soy esa diosa que todos temen o desean. Soy solo yo."

"Supongo que, a veces, todos queremos escapar de lo que se espera de nosotros," dijo el autor, pensativo. "Ser normal por un rato."

Freya asintió, mirándolo con una expresión que decía más de lo que las palabras podían. "Sí. Y eso es lo que me gusta de Syr. Es mi pequeño escape."

Freya se quedó en silencio por un momento, observando al autor con una sonrisa juguetona. La conversación había tomado un giro más ameno, pero algo parecía haberse quedado en el aire.

El autor, aún recostado con aire despreocupado, la miró y soltó: "Bueno, eso de Syr… ¿te hace sentir más humana, no?"

Antes de que Freya pudiera responder, la puerta de la habitación se abrió con un suave crujido, y Horn, con su habitual actitud seria, entró al cuarto.

Sin embargo, al ver la figura del autor recostado sobre el sillón, y a Freya sonriente a su lado, su expresión cambió inmediatamente. Sus ojos se entrecerraron y una chispa de tensión recorrió su cuerpo.

"¿Diosa?" Horn se detuvo en la puerta, su voz firme y con un ligero toque de desconfianza. "¿Quién es este?"

Freya, al notar la actitud protectora de Horn, no pudo evitar una sonrisa que delataba su satisfacción. Levantó la mirada hacia Horn y levantó una ceja. "¿Este? Es el autor. No te preocupes, Horn, no está aquí para hacer nada extraño."

Pero Horn no parecía tan convencida. Su mirada fija al autor se volvió ligeramente más hostil. "¿El autor, eh?" repitió con desdén. "Señora, me parece… demasiado tranquila para estar tan cerca de alguien como él."

El autor, sin perder su tono relajado, se incorporó un poco. "¿Demasiado tranquila? Vaya, Horn, no pensaba que causara tanto miedo. Pero tranquilo, estoy solo disfrutando de la conversación."

Horn no dejaba de observarlo con desconfianza, su postura ligeramente rígida, sin apartar la mirada de él. "Señora…" dijo en voz baja, "no me gusta esto."

Freya se levantó lentamente, acercándose a Horn con una sonrisa tranquila. "Relájate, Horn. No estás viendo un drama aquí. Es solo una charla."

Pero Horn seguía mirando al autor, ahora con una actitud más firme y protectora, como si estuviera lista para intervenir en cualquier momento. El aire en la habitación se había vuelto más tenso, y el autor, sintiendo la tensión, lanzó un comentario con una sonrisa picaresca. "Oye, si me sigues mirando así, podrías asustarme. Pero tranquila, Horn. No soy tan peligroso, lo prometo."

Horn lo observó por un momento más antes de volverse hacia Freya. "Me parece que alguien tiene un gran afecto por ti, y no me gusta cuando otros se sienten… demasiado cómodos cerca de ti."

Freya, con una sonrisa tranquila, respondió: "Lo sé. Pero tú también sabes que eso no cambia nada, ¿verdad?"

La tensión de la habitación se disipó poco a poco, pero Horn todavía no parecía completamente tranquila con la situación. Sin embargo, decidió no presionar más por el momento.

El ambiente en la habitación de Freya seguía algo tenso, con Horn observando al autor con desconfianza. Su postura, rígida y protectora, era la de alguien que estaba preparada para cualquier cosa, especialmente si veía que alguien estaba haciendo sentir especial a Freya.

Freya, que observaba divertida la escena, parecía disfrutar el show mientras Horn seguía vigilando al autor como si fuera un posible enemigo.

"Bueno, bueno, Horn," dijo el autor con una sonrisa traviesa, rompiendo el silencio. "¿Sabes qué creo que necesitamos ahora?"

Horn no quitaba la vista de él, sus ojos fulgurantes como si esperara algo más. "¿Qué estás tramando ahora?"

El autor hizo una pausa dramática, mirándola fijamente. Luego, con una sonrisa casi malévola, extendió las manos hacia el aire como si estuviera a punto de hacer un truco mágico, pero esta vez mucho más perturbador. "A veces, el ambiente necesita un pequeño toque… sangriento."

Antes de que Horn pudiera reaccionar o decir algo, de repente, una corriente de sangre fresca cayó de la nada, derramándose por toda la habitación. Pero lo peor de todo fue que, justo en ese momento, una cabeza de cerdo gigantesca cayó desde el techo, aterrizando con un impacto perfecto en la cabeza de Horn.

Horn se quedó petrificada, con la cabeza de cerdo completamente encajada sobre su cráneo, cubriéndola casi por completo. La sangre continuaba goteando, salpicando por toda la habitación mientras Horn intentaba, inútilmente, mover la cabeza hacia un lado para que la cabeza del cerdo no la aplastara más.

Freya no pudo contener la risa. Su risa fue una mezcla de asombro y diversión, como si la escena fuera sacada de un sueño extraño. "¿En serio? ¿Una cabeza de cerdo? Y encima, ¡sangre por todas partes!"

Horn, finalmente recuperando la compostura, comenzó a quitarse la cabeza de cerdo con un enfado visible en su rostro. "¡Esto es una broma de mal gusto!"

El autor, completamente indiferente, se encogió de hombros como si nada hubiera sucedido. "¿Qué puedo decir? Creo que la situación necesitaba un poco de… 'sazonado' para que fuera interesante. La cabeza de cerdo le da un toque único, ¿no?"

Horn, aún furiosa, frunció el ceño y se sacudió con fuerza, logrando que la cabeza de cerdo cayera al suelo con un sonido sordo. "No me hagas volver a decirlo, pero esto… ¡te lo voy a cobrar algún día!"

Freya, entre risas, se acercó a Horn y le dio un toque en la espalda, sin poder dejar de reír. "Eso estuvo… ¿cómo decirlo? Bastante épico, la verdad. Pero si te sirve de consuelo, la cabeza de cerdo no te ha dejado mal, sólo un poco… pintada de rojo."

Horn, visiblemente molesta y empapada de sangre, levantó la mirada hacia el autor. "De verdad, ¡espero que no te guste estar vivo después de esto!"

El autor, viendo que ya había logrado lo que quería, sonrió de manera despreocupada. "Bueno, ya me voy, chicas. No quiero interrumpir más la fiesta."

Horn, todavía con la cabeza de cerdo tirada a sus pies, lo miró con ojos llenos de ira contenida. "¡Esto no se olvida!"

El autor le lanzó un guiño antes de dar un paso atrás, con la sonrisa todavía en su rostro. "Lo sé, lo sé, pero no te preocupes. ¡El espectáculo siempre es más divertido cuando lo dejo en manos de ustedes!"

Y con una última carcajada burlona, el autor desapareció en el aire, disolviéndose como si nunca hubiera estado allí, dejando atrás un rastro de confusión y caos.

Freya, que había disfrutado cada segundo del espectáculo, se dejó caer en su cama, todavía riendo. "Realmente, no sé si debería preocuparme o… ¿mejor disfrutar del momento?"

Horn, visiblemente aún molesta, se giró para salir de la habitación, sin querer mirar ni a Freya ni a la cabeza de cerdo. "Si alguna vez vuelvo a ver esa cara, le haré algo peor que esto."

Freya, con una sonrisa pícara, la miró marcharse, antes de volver a relajar su postura. "Ya veremos… Ya veremos."

En un parpadeo, el autor apareció en la clínica de la Familia Dian Cecht, aterrizando sobre una camilla donde un hombre herido estaba siendo atendido. El aire de la clínica era completamente diferente al de la torre de Babel; aquí todo parecía más tranquilo y ordenado, como era de esperar de un centro de salud especializado en curaciones.

El autor se acomodó en la camilla sin ningún tipo de cuidado, con su característico aire de indiferencia. Estaba mirando al hombre que yacía allí, aparentemente inconsciente, sin que pareciera importarle mucho la situación.

Airmid, que estaba cerca organizando algunos suministros médicos, levantó la vista al instante, sorprendida por la aparición repentina de un extraño en la habitación. No solo no tenía idea de quién era, sino que el hombre parecía tener una actitud completamente relajada, lo cual era de todo menos apropiado en un entorno clínico.

"¿Quién eres tú?" Airmid preguntó, sus ojos escaneando al extraño con una mezcla de desconfianza y desconcierto. "Y, ¿por qué estás sobre la camilla de un paciente?"

El autor, sin ni siquiera inmutarse por la pregunta, miró a Airmid con una sonrisa juguetona. "¿Yo? Soy el autor. ¿No me conoces? Bueno, supongo que es normal, después de todo, no soy tan famoso como me gustaría."

Airmid frunció el ceño, mirando al hombre con una expresión que denotaba claramente que no le hacía ninguna gracia su presencia. "¿El autor de qué? No me importa lo que seas, solo sal de la camilla. Ese es un paciente."

El autor se encogió de hombros, sin moverse de su sitio. "¿Paciente? Bueno, parece que su situación no es tan grave como para que me preocupe. Pero, si quieres, puedo hacer algo por él. Tengo… ciertas habilidades, por decirlo de alguna manera."

Airmid lo miró con escepticismo. "¿Habilidades? No sé si debo preocuparme por lo que estés planeando, pero definitivamente no necesito ayuda de un extraño que aparece de la nada."

El autor levantó una mano, en un gesto que parecía tratar de calmarla. "Relájate, estoy aquí para entretenerme. Solo hago lo que mejor sé hacer: causar caos… de una manera controlada, claro."

Airmid no estaba segura de si debía echarlo de inmediato o simplemente esperar a que se fuera solo. "Mira, no sé qué tipo de juego estás jugando, pero no es momento para bromas. Este lugar es serio."

El autor se echó hacia atrás en la camilla, mirando al techo. "Sí, claro, seriedad y todo eso. Pero seamos honestos, ¿cuánto más emocionante sería si todos se relajaran un poco?"

Antes de que Airmid pudiera responder, el autor observó al paciente en la camilla, pensando en algo. "Oye, ¿y si le damos un giro interesante a esta situación? Solo un pequeño cambio, nada grave. Un poco de 'pimienta' a la escena."

Airmid lo observó, ahora completamente desconcertada y un tanto irritada. "¿Pimienta? ¿Qué estás diciendo? ¿Quién te dio permiso para…"

Pero el autor ya no prestaba atención a sus quejas. En su mente, estaba buscando la forma perfecta de hacer que todo esto fuera un poco más… divertido.

El autor, como si fuera lo más natural del mundo, sacó una pastilla de algún lugar que, sinceramente, no tenía ni idea de dónde había salido. No estaba ni cerca de su bolsillo ni de ninguna parte visible de su ropa, pero ahí estaba, una pastilla brillante en su mano, casi como si hubiera salido del aire.

Airmid lo miró, incrédula. "¿Qué… qué estás haciendo?"

"Esto", dijo el autor con una sonrisa traviesa, "es un pequeño truco que aprendí en un viaje a un mercado muy… peculiar. Toma esta pastillita, y listo, el paciente estará mejor que nunca."

Antes de que Airmid pudiera reaccionar, el autor levantó la pastilla con una mano y la lanzó directamente hacia la boca del paciente. La pastilla desapareció instantáneamente, como si nunca hubiera existido, y el paciente, que antes estaba pálido y débil, comenzó a moverse como si acabara de despertar de un largo sueño.

Airmid se quedó mirando, asombrada, cuando el paciente se incorporó de golpe, con los ojos completamente abiertos y sin rastro de dolor en su rostro. Ni una mueca, ni una queja. Estaba perfectamente sano, como si nunca hubiera estado herido.

"¿Qué… qué has hecho?" Airmid preguntó, sin poder esconder su sorpresa.

El autor, con una expresión completamente seria y casi como si estuviera dando una clase magistral, respondió: "Es una pastilla muy especial, de un lugar al que no voy a entrar en detalles, pero básicamente hace milagros. La encontré mientras paseaba por una dimensión donde la medicina y la magia se mezclan… y, bueno, la ciencia es un poco rara allí."

El paciente, ahora completamente recuperado, saltó de la camilla con una sonrisa en su rostro, como si no hubiera pasado nada. "¡Gracias, señor! ¡Me siento fenomenal! ¡Nunca me había sentido tan bien!"

Airmid, todavía en shock, observaba cómo el paciente se alejaba a paso ligero, completamente sano, mientras el autor se recostaba tranquilamente en una silla cercana.

"¿Te parece bien?", preguntó el autor, con la típica actitud despreocupada. "Un pequeño toque de magia moderna. No todos los días tienes un milagro servido en bandeja."

Airmid se quedó allí, completamente confundida. "Esto… esto no tiene sentido."

"¿Desde cuándo algo que hago tiene sentido?", respondió el autor con una sonrisa burlona, mientras se encogía de hombros. "Es todo parte del show."

Airmid frunció el ceño, aún tratando de procesar lo que acababa de ver. Sus años de experiencia como sanadora le decían que aquello era imposible. No había magia curativa tan efectiva, no había poción que hiciera que alguien se recuperara instantáneamente sin secuelas.

Pero ahí estaba el paciente, saltando de la camilla como si jamás hubiera estado enfermo.

Airmid entrecerró los ojos y miró al autor con sospecha.

"¿Qué clase de magia fue esa?"

El autor sonrió de lado, apoyando los brazos detrás de su cabeza. "Ah, no te preocupes. No hay efectos secundarios… creo. Probablemente. Tal vez dentro de unos años desarrolle súperpoderes o le crezcan alas, pero meh, cosas que pasan."

"¿¡QUÉ!?" Airmid sintió que un tic nervioso comenzaba a formarse en su ceja.

"Es broma, es broma." El autor agitó una mano con aire despreocupado. "O tal vez no. Es un misterio divertido, ¿no?"

Airmid respiró hondo, tratando de mantener la compostura. Este sujeto acababa de desafiar por completo todo lo que sabía sobre medicina y magia, y ni siquiera parecía tomarlo en serio.

El autor miró a su alrededor, como si finalmente notara dónde estaba. "Bonita clínica, por cierto. Limpia, ordenada… aunque le falta un poco de personalidad, ¿no crees? Quizás unas cortinas de colores, o un par de pósters motivacionales. '¡Sana, sana, colita de rana!' o algo así."

Airmid ya no sabía si quería respuestas o si simplemente debía sacarlo de ahí antes de que hiciera algo peor. "¿Quién eres?" preguntó finalmente, cruzándose de brazos.

El autor la miró con una sonrisa misteriosa. "Digamos que soy un… autoridad en la materia."

Hubo un breve silencio.

"¿Autoridad en qué?"

"Exactamente."

El tic en la ceja de Airmid se intensificó.

Airmid extendió la mano con toda la intención de agarrar al autor por el cuello y sacarlo a patadas de la clínica. Pero justo cuando estaba a punto de tocarlo…

¡Puf!

El autor desapareció de su vista y reapareció tranquilamente al otro lado de la habitación, apoyado contra la pared con los brazos cruzados.

Airmid parpadeó.

"Bueno, eso fue grosero," murmuró, frunciendo el ceño y girándose para volver a intentar atraparlo. Pero entonces…

Algo estaba mal.

Su túnica habitual ya no se sentía igual. Había algo… voluminoso. Algo pesado.

Y cuando bajó la vista para examinarse, su mente simplemente se apagó por un momento.

Llevaba un traje de payaso.

No solo eso, sino que era un traje de payaso completo, con colores ridículamente chillones, botones enormes y un cuello de volantes que parecía haber sido diseñado específicamente para arruinar su dignidad.

Y por supuesto, porque el universo aparentemente la odiaba en ese instante, también tenía puestos unos zapatos gigantescos y un brillante nariz roja que hizo un leve honk cuando instintivamente llevó una mano a su cara.

Silencio absoluto.

El autor asintió con satisfacción. "Sí, así está mejor. Ahora sí tienes personalidad."

Airmid levantó la mirada lentamente. Su expresión era la de alguien que acababa de perder toda fe en la humanidad.

"…Voy a matarte."

El autor levantó un dedo. "Ah, ah, ah. ¿Así es como trata la prestigiosa sanadora Airmid a sus pacientes?"

"¡TÚ NO ERES MI PACIENTE!"

"Bueno, técnicamente estuve en una camilla hace unos segundos. Cuenta."

Los nudillos de Airmid crujieron.

El autor simplemente sonrió y sacó un espejo de mano de la nada, girándolo para que Airmid pudiera verse reflejada.

Ella vio su propio rostro, con un enorme maquillaje blanco, un par de líneas azules ridículamente exageradas en los ojos y una estrellita pintada en la mejilla.

La nariz roja hizo honk de nuevo cuando apretó los labios.

Algo dentro de Airmid se rompió.

Airmid se lanzó con toda la intención de agarrar al autor, pero en cuanto su mano estuvo a punto de tocarlo…

¡Fwoosh!

El autor simplemente inclinó la cabeza a un lado, esquivando el intento con una naturalidad casi insultante.

Airmid chasqueó la lengua y volvió a intentarlo con más rapidez, esta vez lanzando un manotazo directo al cuello.

¡Fwoosh!

El autor dio un paso hacia atrás con absoluta calma, como si estuviera paseando por el parque.

Los ojos de Airmid se entrecerraron.

Ahora ya era personal.

Se impulsó con el pie derecho y trató de atraparlo con ambas manos. Pero una vez más…

¡Fwoosh! ¡Fwoosh!

El autor esquivó cada movimiento con una gracia imposible, inclinándose, girando, incluso deslizándose suavemente de un lado a otro sin ningún esfuerzo.

El silencio en la habitación se volvió incómodo.

Airmid, con su traje de payaso, respirando pesadamente.

El autor, de pie con las manos en los bolsillos, con la misma energía de un tipo que casualmente está esquivando intentos de asesinato.

Finalmente, Airmid apretó los dientes.

"¿¡CÓMO DEMONIOS ESTÁS HACIENDO ESO!?"

El autor sonrió y entrecerró los ojos.

"No lo sé. Tal vez…"

Una ligera aura plateada comenzó a rodearlo.

"…es porque no estoy pensando en nada."

El tiempo pareció detenerse.

Airmid sintió un escalofrío recorrer su espalda.

"…Eso es ridículamente estúpido."

"Y sin embargo…" El autor inclinó la cabeza con una sonrisa. "…no puedes tocarme."

Airmid apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que un destello de luz la envolviera.

Cuando la luz desapareció, sintió algo extraño en su cuerpo… algo pesado y voluminoso.

Miró hacia abajo.

Un vestido blanco, elegante y detallado con bordados dorados, le cubría el cuerpo. Su largo velo caía con gracia hasta el suelo, y en sus manos, como si siempre hubieran estado ahí, sostenía un ramo de rosas.

"… ¿Qué carajos?"

Pero eso no era todo.

Frente a ella, el autor estaba ahora enfundado en un esmoquin negro impecable, con una rosa roja en el bolsillo y una sonrisa encantadoramente desquiciada.

Y entonces… comenzó la música.

¡TAN… TAN… TAN-TAN!

Airmid se quedó congelada cuando la clásica Marcha Nupcial retumbó en la habitación.

Las puertas de la clínica se abrieron de golpe y, como si estuvieran programados para ello, todas las enfermeras y pacientes de la Familia Dian Cecht comenzaron a asomarse, algunos con cara de incredulidad, otros con una mezcla de emoción y chisme.

"¿¡Está ocurriendo una boda aquí!?" murmuró un aventurero con un brazo enyesado.

"¿¡La señora Airmid se casa!?" exclamó una enfermera, llevándose las manos a la boca.

En medio del caos, el propio Dios Dian Cecht apareció, con una taza de té en la mano y cara de "¿qué demonios está pasando en mi casa?".

"…Airmid, ¿quieres explicarme esto?" preguntó, alzando una ceja.

Pero Airmid no tenía ninguna explicación.

Airmid estaba ocupada intentando procesar lo que estaba pasando.

"…"

Su mirada pasó del vestido, a la música, a la multitud, y finalmente al autor, quien le guiñó un ojo con una sonrisa.

"Te ves hermosa, cariño."

El silencio en la clínica se volvió sepulcral.

Una vena comenzó a hincharse en la frente de Airmid.

"…"

"…Airmid?" preguntó Dian Cecht, cada vez más confundido.

Y entonces…

"¡TE VOY A MATAR, HIJO DE P—!"

Pero justo cuando se lanzó contra el autor, este ya se había desvanecido.

Naaza estaba tranquilamente organizando unas pociones en los estantes cuando, de repente, un destello apareció a su lado.

"¡¿Q-qué d—?!"

Su cola se erizó instantáneamente, y casi se le cae una botella de suero curativo de la mano. Se giró bruscamente, con los ojos abiertos de par en par, y lo primero que vio fue a un tipo desconocido sonriéndole con toda la naturalidad del mundo.

"¡Hola!" saludó el autor, con una mano en alto como si esto fuera lo más normal del mundo.

Naaza parpadeó, procesando la situación.

Un tipo random apareció de la nada, sin abrir la puerta, sin hacer ruido, simplemente puf, como si el mismísimo destino lo hubiera lanzado ahí para fastidiarla.

"…"

"…"

"…¡Pero qué mierda! ¿¡Quién demonios eres tú!?" gritó, dando un salto hacia atrás y sacando de inmediato una daga.

El autor ladeó la cabeza.

"Oh, ¿esto? Es un tp como Goku, no te preocupes."

Naaza lo miró como si le hablara en otro idioma.

"¿Qué carajos significa eso?"

"Exactamente lo que suena."

La chica perro entrecerró los ojos, claramente considerando si debía apuñalarlo o no.

El autor entrecerró los ojos al notar algo interesante en Naaza.

Sin previo aviso, le agarró el brazo protésico y, con un simple tirón, se lo quitó.

"¡¿Q-QUÉ DEMONIOS?!" gritó Naaza, tambaleándose hacia atrás.

El autor, por su parte, empezó a balancear el brazo de un lado a otro, como si estuviera jugando con un bate de béisbol.

"Oye, esto está bien ligero. ¿Es de madera? ¿De metal? ¿Titanio?"

Naaza lo miró con una mezcla de horror e incredulidad.

"¡DAME ESO, IMBÉCIL!"

El autor levantó una ceja y movió el brazo prótesis fuera de su alcance.

"Si lo quieres, ven por él," dijo con tono desafiante, agitando el brazo en el aire.

Naaza apretó los dientes y se lanzó contra él con la velocidad de una aventurera experimentada.

Pero el autor, con una sonrisa burlona, simplemente se teletransportó a otro lado de la tienda, aún sosteniendo el brazo.

"Ups, casi~" canturreó.

Naaza giró sobre sus talones, su cola inflándose de pura furia.

"TE VOY A MATAR, MALDITO LUNÁTICO."

Pasaron unos minutos y Naaza estaba exhausta. Su respiración era errática, su ropa cubierta de polvo, su tienda hecha un desastre… y aún así, no se detenía.

"¡Devuélvemelo, maldito lunático!"

El autor, con una sonrisa burlona, esquivaba con una facilidad insultante, girando el brazo protésico en el aire como si fuera un trofeo.

"Oh, vamos, Naaza, deberías agradecerme. Mira qué bien hago que hagas ejercicio."

"¡No necesito este tipo de ejercicio!"

Con un último esfuerzo, Naaza se lanzó hacia él con todas sus fuerzas, decidida a recuperar su brazo. Pero justo cuando estaba a punto de alcanzarlo, algo extraño sucedió.

Sintió algo.

Algo que no debería estar ahí.

Algo que no había sentido en mucho, mucho tiempo.

Con el corazón latiéndole con fuerza, bajó la mirada lentamente. Sus ojos se abrieron como platos.

Su brazo.

No el protésico.

Su verdadero brazo.

Un escalofrío recorrió su espalda. Con manos temblorosas, tocó la piel, los músculos, los dedos… todo estaba ahí. Era real. Era su brazo.

Se tambaleó hacia atrás, su respiración entrecortada.

"Esto… no es posible…"

El autor dejó de balancear la prótesis y sonrió ampliamente.

"¿Qué pasa? ¿No lo querías de vuelta?"

Naaza no respondió. No podía. Sus piernas fallaron y cayó de rodillas, mirando fijamente sus manos con una mezcla de asombro, miedo y un torbellino de emociones indescriptibles.

"Pero… pero… ¿cómo?"

El autor se agachó junto a ella y le dio unas palmaditas en la cabeza.

"Magia."

Naaza alzó la vista con ojos desbordados de emociones, pero el autor simplemente se levantó, aún sosteniendo la prótesis como si nada hubiera pasado.

"Por cierto, ¿qué hago con esto?" preguntó, levantando el brazo mecánico.

Naaza ni siquiera lo escuchó. Seguía mirando su brazo real, temblando, intentando procesar lo imposible.

Naaza alzó la mirada, todavía temblando, todavía en shock. Sus labios se separaron, pero por un momento, no pudo formar palabras. Finalmente, con la voz entrecortada, preguntó:

"¿Fuiste tú…?"

El autor sonrió de lado, girando la prótesis en su mano con aire despreocupado.

"¿Quién más podría ser? ¿Tu hada madrina?"

Naaza apretó los dientes, su ceño fruncido… pero en lugar de explotar o intentar recuperar su brazo mecánico, hizo algo completamente inesperado.

Se lanzó hacia él.

El autor ni siquiera intentó esquivarla esta vez.

Pero el golpe nunca llegó.

En lugar de eso, Naaza lo abrazó con fuerza, ocultando su rostro en su pecho.

El autor parpadeó.

"Vaya, esto sí que no me lo esperaba."

"Gracias…" murmuró ella, con la voz ahogada. "Gracias… de verdad…"

El autor sintió su agarre tembloroso, su respiración agitada contra su ropa. No era una simple muestra de gratitud; era el desahogo de años de dolor, de resignación, de aceptar algo que creyó perdido para siempre.

Por una vez, el autor no dijo nada. Solo se quedó ahí, dejando que Naaza lo abrazara, dejando que procesara lo imposible.

Aunque… bueno, no pudo evitar levantar la prótesis y mover los dedos en el aire como si fueran marionetas.

"Supongo que ya no la necesitas. Tal vez la convierta en un perchero."

El autor sonrió con suavidad, por una vez sin ninguna broma en mente. Simplemente dejó caer la prótesis al suelo con un suave clank y, sin decir nada más, correspondió el abrazo de Naaza.

Su mano se deslizó hasta su cabello, acariciándolo con lentitud, dejando que ella se desahogara sin prisas.

Naaza no dijo nada. Solo se aferró a él, respirando hondo, sintiendo el peso de algo que nunca creyó posible. Sus dedos se apretaron contra su ropa, como si temiera que si lo soltaba, su brazo volvería a desaparecer.

El autor solo continuó ahí, sin apresurarla, sin burlarse. A veces, incluso un ser omnipotente sabía cuándo guardar silencio.

Naaza finalmente se separó, aún con los ojos ligeramente húmedos, pero con una expresión más firme. Miró su brazo, flexionando los dedos, comprobando que realmente era suyo, que no era una ilusión.

"…Gracias." Su voz sonó algo ronca, como si aún le costara procesar lo que había pasado.

El autor sonrió con una ligera burla, pero sin la malicia habitual. "Vaya, ¿así de fácil? Esperaba al menos un sacrificio de cabras o un juramento de lealtad eterna."

Naaza suspiró, llevándose una mano a la cara. "Por un momento pensé que podías ser una persona decente, pero no, tenía que ser esto."

El autor se encogió de hombros. "Me esforcé en mantener la compostura por más de un minuto. Es mi récord personal."

Naaza negó con la cabeza, pero había una pequeña sonrisa en su rostro. Miró su tienda destrozada, el desastre que habían dejado… pero por alguna razón, no se sintió molesta.

"Voy a tener que arreglar todo esto."

El autor hizo un gesto vago con la mano. "Eh, detalles."

Naaza rodó los ojos y soltó un suspiro, pero esta vez sin frustración. Quizá, solo quizá, la presencia del autor no era tan terrible.

Naaza parpadeó despues de hacer eso.

Pues hace un segundo, su tienda parecía haber sobrevivido a una pelea entre un minotauro y un aventurero con muy mala suerte. Ahora… estaba impecable. No solo reparada, sino reorganizada, limpia y con un aroma a hierbas frescas en el aire.

El autor estaba de pie en el centro, soplando sus nudillos como si acabara de realizar una hazaña titánica. "Listo. Ni siquiera me tomó un parpadeo. Literalmente."

Naaza miró a su alrededor, completamente desconcertada. "…¿Qué clase de magia usaste?"

El autor sonrió con una mezcla de orgullo y descaro. "Magia de guion, la más poderosa de todas."

Naaza exhaló lentamente. "No quiero saber más."

El autor chasqueó los dedos. "Demasiado tarde, ya lo sabes."

Naaza simplemente se llevó una mano a la cara. Definitivamente, este sujeto era más agotador que cualquier paciente problemático.

El autor dio un paso atrás con una sonrisa satisfecha.

"Bueno, fue divertido, pero tengo cosas que hacer, caos que desatar, gente a la que confundir… ya sabes, lo de siempre."

Naaza cruzó los brazos, mirándolo con desconfianza. "Solo espero que no vuelvas a aparecer de la nada para arruinarme el día."

El autor puso una mano en su pecho con fingida ofensa. "¡Por favor! ¿Cuándo he hecho algo así?"

Naaza lo fulminó con la mirada.

El autor soltó una risita y chasqueó los dedos. Su silueta comenzó a distorsionarse, como si el aire mismo lo estuviera tragando. Pero justo antes de desaparecer por completo, extendió la mano y sujetó la parte frontal de la túnica de Naaza con un gesto rápido.

Naaza ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar antes de que él se desvaneciera en un destello de luz.

Parpadeó, mirando el espacio vacío donde el autor había estado.

"Finalmente, se fue…"

Suspiró con alivio y se dio la vuelta, dispuesta a volver a su rutina. Pero entonces, sintió eso extraño que le puso el autor en su ropa.

Frunciendo el ceño, bajó la mirada…

Y vio el pin.

Un pequeño objeto metálico, justo en la parte superior de su túnica, a la altura del pecho.

Con el ceño fruncido, lo tomó entre sus dedos y lo giró para leerlo mejor:

"¿Perder la virginidad? No. Yo nunca pierdo."

Naaza se quedó completamente inmóvil.

Su cerebro tardó varios segundos en procesar lo que estaba viendo.

Luego, su rostro se tornó completamente rojo.

"…Ese maldito."

Llevó una mano a su cara, negando lentamente con la cabeza. Lo peor de todo es que esto era tan típico de él que ni siquiera debería sorprenderse.

Suspiró profundamente, sintiendo la tentación de arrancarse el pin de inmediato.

Pero…

Sus dedos se quedaron inmóviles.

Por alguna razón, no lo hizo.

Con un resoplido exasperado, simplemente lo dejó donde estaba y siguió con su trabajo, como si no existiera.

Definitivamente, ya no le quedaba energía para lidiar con las locuras del autor hoy.

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